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viernes, 28 de marzo de 2014

L. Annaeus Seneca Minor, Epodi, 56.1-5


Minor sobre el ruido en Roma decía:



Minor




¡Muera yo si el silencio es tan necesario como parece para quien en el retiro se consagra al estudio! Heme aquí rodeado por todas partes de un griterío variado. Vivo enfrente de un establecimiento de baños. Imagínate toda clase de ruidos hiriéndote los oídos cuando los fuertes se entrenan manejando sus grandes pesas de plomo. Oigo sus profundos suspiros, mientras se ejercitan o hacen algo por el estilo. Oigo sus ruidosos resoplidos cuando exhalan el aire. Cuando hay uno que se encuentra torpe de verdad y necesita un masaje como cualquier plebeyo, oigo distintamente el golpe de las espaldas, ya con las manos ahuecadas, ya abiertas. Si entonces llega un jugador de pelota y empieza a entretenerse, la cosa ya es infernal.

Añade asimismo al camorrista, al ladrón atrapado, y a aquel otro que se complace en escuchar su voz en el baño; asimismo a quienes saltan a la piscina produciendo gran estrépito en sus zambullidas. Aparte de éstos, cuyas voces, a falta de otro mérito, son normales, piensa en el depilador que, de cuando en cuando, emite una voz aguda y estridente para hacerse más de notar y que no calla nunca sino cuando depila los sobacos y fuerza a otro a dar gritos en su lugar. Luego al vendedor de bebidas con sus matizados sones, al salchichero, al pastelero y a todos los vendedores ambulantes que en las tabernas pregonan su mercancía con una peculiar y característica modulación.

“¡Dichoso tú”, dirás, “hombre de hierro o insensible, cuya cabeza aguanta en medio de un griterío tan diverso y estridente! –habida cuenta de que a nuestro Crisipo los frecuentes saludos le ponen en trance de muerte”. En cambio yo, por Hércules, no me preocupo de este murmullo más que del oleaje, o de la cascada, aun cuando tengo oído que cierto pueblo no tuvo otro motivo para trasladar de sitio su ciudad que el no haber podido soportar el estruendo de las cataratas del Nilo.
En mi opinión, distrae más la voz que el chasquido, porque aquélla cautiva la atención, éste sólo satura y fustiga los oídos. Entre los ruidos que suenan en derredor mío, sin distraerme, cuento el de los carros que cruzan veloces por la calle, el de mi inquilino carpintero, el de mi vecino aserrador, o el de aquel que junto a la Meta Sudante ensaya sus trompetillas y sus flautas, y no canta, sino que grita. Me resulta aún más molesto el ruido que se interrumpe, de cuando en cuando, que el otro continuado.

Pero me he endurecido frente a todo este alboroto, de tal suerte
que puedo escuchar hasta el cómitre de galera que con voz estridente señala el ritmo a sus remeros. En efecto, fuerzo el alma a concentrarse en sí misma, sin que se distraiga por la barahúnda exterior.

Fuente:
♥ http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/44/Duble_herma_of_Socrates_and_Seneca_Antikensammlung_Berlin_07.jpg

Juvenal sobre la contaminación acústica.

Fragmento de Juvenal quejándose del ruido nocturno que condenaba a los romanos a un “insomnio perpetuo":



"En Roma, muchísimos enfermos mueren por no dormir; los mismos alimentos malos que se quedan en el estómago producen la enfermedad, porque, ¿qué habitación arrendada permite conciliar el sueño? ¡El dormir en la ciudad cuesta mucho dinero! He aquí la causa principal de enfermedad. 
El paso de los grandes carros por las estrechas curvas de los barrios de la ciudad, el clamoreo de los rebaños detenidos quitarían el
sueño a Druso y a los rebaños marinos.

Si el deber lo exige el rico será llevado, apartándose de la turba, y él
será conducido sobre las cabezas, en una amplia liburna. Él, mientras tanto, irá leyendo, escribiendo o durmiendo, porque con la ventanilla cerrada la litera provoca el sueño.

Llegará antes que nosotros, porque nuestra prisa se ve detenida por la ola interior, y la muchedumbre que sigue nos aprieta en gran avalancha de lomos. 

Uno va dando codazos, el otro golpea la cabeza con una viga, el otro con una medida. Llevo las piernas empastadas de barro, por todas partes llegan pies enormes que me pisan, y los clavos de las suelas militares se me clavan en los dedos" [sátira III].

Fuentes:  
♥ http://www.quotecollection.com/author-images/juvenal-1.jpg
♥ http://hijosdemarte.blogspot.com.es/2008/11/la-stira-romana-juvenal.html

El poeta Marcial escribió acerca del ruido provocado por los esclavos, que pedían a gritos y empujones que los peatones se apartaran, los siguientes versos.



“El liberto que sabe
Apartar las turbas a
Empellones es un
Compañero más útil
Que un alto
Ciudadano poco

Resuelto”



Marcial.

Fuentes: 
♥ http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/9/93/Martialis.jpg/200px-Martialis.jpg 


Ruido en las calzadas romanas.

El verdadero espacio público de la Roma antigua en que el bullicio llegó a ser un grave problema fue la calzada romana, aparte de los teatros, anfiteatros o circos, en donde el ruido de los carruajes, vendedores, mercaderes y demás transeúntes llegó a ser un verdadero problema sobre el que tuvo que actuar Julio César.


Julio César tuvo que prohibir el uso de las literas debido a que los esclavos que llevaban la litera abrían paso gritando “paso a mi señor” o dando puñetazos y empujones.

A pesar de que los carros tirados por animales tenían prohibido circular por las calles principales por las mañanas, el caos circulatorio en Roma solía ser continuo. Además, el movimiento de los grandes carros por las noches, también traía un gran problema de “contaminación acústica”. Las grandes de madera con sus llantas de metal chirriaban contra la calzada de piedra causando un gran estruendo.

En la época del Impero Romano, Julio César prohibió el tránsito de rodados en el centro de Roma durante el día por la congestión de tráfico que existía. Sólo consiguió una intensa contaminación acústica en las noches, producida por las llantas de madera de los carros que circulaban retumbando en el adoquinado de las calles.       
Fuente: 
♥ http://issuu.com/tomasrodriguezreyes/docs/la_contaminaci_n_ac_stica_en_la_antigua_roma._tom_
 https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjnUvQXuilb_jwpzS1-kF-kb-NeiEX-dHUL94fS0Y0MawP7Mu0bPPzU2xxk34FPy4nDm26dyZ5XbauubVWnp2tOtRRNEiDAQomajvt_Q6ArZ0AVIQhNvKLyeHh-bE-fJnH666J1GvqUTe55/s320/Mercado+antigua+Roma.jpg
                                 

miércoles, 19 de marzo de 2014

La vida cotidiana en Roma.

Durante el día había una intensa animación, un bullido desenfrenado, un estrépito infernal. Los tabernae se pueblan nada más abrirse y sacan sus puestos a la calle. Los barberos afeitan a sus clientes en mitad de la calzada. Los figoneros gritan a una clientela que les ignora. Los maestros de escuela y sus alumnos se desgañitan. Por todas partes suenan los martillos de los caldereros, las temblorosas voces de los mendigos relatando sus infortunios. Por indignas callejuelas todo el mundo va y viene, grita, se empuja...
Podríamos creer que al llegar la noche estas aglomeraciones cesaban para dar paso a un silencio miedoso y a una paz sepulcral; sin embargo, se sustituían por un trasiego distinto. Una vez refugiados los ciudadanos en sus casas, empezaban a desfilar siguiendo las instrucciones del César, las bestias de carga, los carreteros, y los convoyes de provisiones. El dictador había comprendido que la circulación diurna de estos vehículos por unos vici accidentados, estrechos y muy transitados constituía un peligro para los ciudadanos y un engorro para la ciudad. De aquí las medidas radicales que tomó y que conocemos como su ley póstuma.
Durante el día solo circulaban por la Roma antigua los peatones, los jinetes y los ciudadanos con literas, sin embargo, al llegar la noche comenzaba un incesante trasiego de carros que llenaba la ciudad con su estruendo. El incesante tránsito y el murmullo continuo condenan a los romanos a un insomnio sin remisión. Una insoportable prisa cotidiana, un ruidoso tropel ciudadano.

"La vida cotidiana en Roma" - Jérôme Carcopino.

La sociedad romana en Séneca.

Roma era muy ruidosa. La circulación de carros estaba prohibida durante el día. El enlastrado de las calles no había alcanzado a todos los sectores de Roma. Los accesos más humildes no llegaron a disfrutar de este privilegio y se convirtieron en charcos permanentes durante los días lluviosos, cuando los carros pasaban por ellos, en el esfuerzo de superar los baches producían un estrépito semejante a un temblor de tierra. El paso dificultoso de las ruedas de los carros y las invectivas de los carreteros. La estrechez de las calles era tan acusada que hacía imposible la circulación de varios carros y en cuanto más de uno coincidían en el mismo sitio se originaban peleas.

"La sociedad romana en Séneca." - Elena Conde Guerri.

Anna Maria Liberati

Al no haber tenido jamás un verdadero plan regulador propio, los habitantes se apiñaban en el poco espacio que dejaban libre. La gente se aglomeraba en un desorden absurdo dentro de las murallas. Existían vendedores ambulantes, que se mezclaban con los peatones para buscar posible clientela. La vida se desarrollaba sobre todo en la calle y el ruido era constante, pues en las horas nocturnas también estaba permitida la libre circulación de carros pesados por las calles de la ciudad. Se oía vocear toda clase de cosas sin cesar.
<< Por la mañana no te dejan vivir los maestros de escuela, los calderos que no paran de batir el metal con sus martillos, los obreros que golpean la piedra con el mazo... >>

"Anna Maria Liberati " - FABIO BOURBON.
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