miércoles, 19 de marzo de 2014

La vida cotidiana en Roma.

Durante el día había una intensa animación, un bullido desenfrenado, un estrépito infernal. Los tabernae se pueblan nada más abrirse y sacan sus puestos a la calle. Los barberos afeitan a sus clientes en mitad de la calzada. Los figoneros gritan a una clientela que les ignora. Los maestros de escuela y sus alumnos se desgañitan. Por todas partes suenan los martillos de los caldereros, las temblorosas voces de los mendigos relatando sus infortunios. Por indignas callejuelas todo el mundo va y viene, grita, se empuja...
Podríamos creer que al llegar la noche estas aglomeraciones cesaban para dar paso a un silencio miedoso y a una paz sepulcral; sin embargo, se sustituían por un trasiego distinto. Una vez refugiados los ciudadanos en sus casas, empezaban a desfilar siguiendo las instrucciones del César, las bestias de carga, los carreteros, y los convoyes de provisiones. El dictador había comprendido que la circulación diurna de estos vehículos por unos vici accidentados, estrechos y muy transitados constituía un peligro para los ciudadanos y un engorro para la ciudad. De aquí las medidas radicales que tomó y que conocemos como su ley póstuma.
Durante el día solo circulaban por la Roma antigua los peatones, los jinetes y los ciudadanos con literas, sin embargo, al llegar la noche comenzaba un incesante trasiego de carros que llenaba la ciudad con su estruendo. El incesante tránsito y el murmullo continuo condenan a los romanos a un insomnio sin remisión. Una insoportable prisa cotidiana, un ruidoso tropel ciudadano.

"La vida cotidiana en Roma" - Jérôme Carcopino.

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