Minor sobre el ruido en Roma decía:
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| Minor |
¡Muera yo si el silencio es tan necesario como parece para quien en el retiro se consagra al estudio! Heme aquí rodeado por todas partes de un griterío variado. Vivo enfrente de un establecimiento de baños. Imagínate toda clase de ruidos hiriéndote los oídos cuando los fuertes se entrenan manejando sus grandes pesas de plomo. Oigo sus profundos suspiros, mientras se ejercitan o hacen algo por el estilo. Oigo sus ruidosos resoplidos cuando exhalan el aire. Cuando hay uno que se encuentra torpe de verdad y necesita un masaje como cualquier plebeyo, oigo distintamente el golpe de las espaldas, ya con las manos ahuecadas, ya abiertas. Si entonces llega un jugador de pelota y empieza a entretenerse, la cosa ya es infernal.
Añade asimismo al camorrista, al ladrón atrapado, y a aquel otro que se complace en escuchar su voz en el baño; asimismo a quienes saltan a la piscina produciendo gran estrépito en sus zambullidas. Aparte de éstos, cuyas voces, a falta de otro mérito, son normales, piensa en el depilador que, de cuando en cuando, emite una voz aguda y estridente para hacerse más de notar y que no calla nunca sino cuando depila los sobacos y fuerza a otro a dar gritos en su lugar. Luego al vendedor de bebidas con sus matizados sones, al salchichero, al pastelero y a todos los vendedores ambulantes que en las tabernas pregonan su mercancía con una peculiar y característica modulación.
“¡Dichoso tú”, dirás, “hombre de hierro o insensible, cuya cabeza aguanta en medio de un griterío tan diverso y estridente! –habida cuenta de que a nuestro Crisipo los frecuentes saludos le ponen en trance de muerte”. En cambio yo, por Hércules, no me preocupo de este murmullo más que del oleaje, o de la cascada, aun cuando tengo oído que cierto pueblo no tuvo otro motivo para trasladar de sitio su ciudad que el no haber podido soportar el estruendo de las cataratas del Nilo.
En mi opinión, distrae más la voz que el chasquido, porque aquélla cautiva la atención, éste sólo satura y fustiga los oídos. Entre los ruidos que suenan en derredor mío, sin distraerme, cuento el de los carros que cruzan veloces por la calle, el de mi inquilino carpintero, el de mi vecino aserrador, o el de aquel que junto a la Meta Sudante ensaya sus trompetillas y sus flautas, y no canta, sino que grita. Me resulta aún más molesto el ruido que se interrumpe, de cuando en cuando, que el otro continuado.
Pero me he endurecido frente a todo este alboroto, de tal suerte
que puedo escuchar hasta el cómitre de galera que con voz estridente señala el ritmo a sus remeros. En efecto, fuerzo el alma a concentrarse en sí misma, sin que se distraiga por la barahúnda exterior.
Fuente:
♥ http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/44/Duble_herma_of_Socrates_and_Seneca_Antikensammlung_Berlin_07.jpg




